Hoy ha sido el día de los contratiempos. Seguramente, hemos tenido nosotros algo de culpa por salir de casa tan tarde, pero yo al menos necesitaba dormir después de varias noches insomne. Así que hemos tropezado con la vuelta de la playa y el consabido atasco y las carreteras sicilianas - una sucesión de baches, curvas, y desviaciones por obras, interrumpidos por túneles sin luz que en realidad parecen las galerías de una mina. Amenizado todo ello por el alegre conducir italiano que se basa en el principio de Aquímelasdentodas: todo vehículo sumergido en una carretera siciliana experimenta un empuje hacia delante que nada ni naide pueden detener, y más les vale que ni lo intenten. La guinda del pastel la puso Castellammare, un pueblecito costero que decidió celebrar en el día de hoy su procesiòn a saber a qué Virgen; allí estábamos todos los coches parados viendo como caminaban cuesta abajo los devotos, portando cada uno su vela y canturreando de modo lastimero como es propio. Ah, y el GPS del coche empeñado en meternos por dirección prohibida o en carreteras cortadas por obras.
El principio del día no se nos dio mal, a decir verdad. Llegamos en seguida a Monreale, un pequeño pueblo pegado a Palermo, con una catedral normanda del XII que quita el hipo, una espléndida decoración mestiza, de mármoles árabes y mosaicos bizantinos:escenas de la Biblia, el pantocrator y una cierta tranquilidad turística -vendían una especie de gabardinas de papel a un euro para turistas descocadas; Betty no tuvo que comprarla, pero a Jorge sí le hicieron quitarse el gorro, ante su asombro, porque por alguna razón que desconozco la medida le pareció injusta y fuera de lugar.
uno de los lugares más hermosos del mundo, según nuestra guía y nosotros convenimos en que no exagera. El maravilloso claustro, con una serie muy amena de capiteles decorados con animales fantásticos, escenas bíblicas, profetas, guerreros...
SEGESTA
Seguimos camino, por la escarpada llanura, a Segesta: un sobrecogedor templo dórico inacabado, que pudimos ver a nuestras anchas -las dos macizas que había allí haciéndose selfies a mí al menos no me molestaban, que no es incompatible estar buena con ser un tanto hortera. Un autobús nos subió la colina para que pudiéramos ver las cuatro piedras que quedan de una mezquita -los cuatro siglos de dominación árabe parece que fueron menos fructíferos que en al-Andalus- y un agradable teatro del siglo III a.C., muy restaurado. Aunque Jorge no esté de acuerdo conmigo, a mí me asombra un pueblo capaz de poner tanto esfuerzo, tesón y dinero en hacer en piedra un teatro: otros hacen coliseos, catedrales y otros, en fin, el estadio Santiago Bernabeu o la Maestranza.
Y el caso es que se nos había hecho tarde -culpa mía, que dormí demasiado- y cuando llegamos a Trápani ya no había dónde nos dieran de comer.
Corso Vittorio Emmanuelle de TRAPANI
Eran las cinco. Tuvimos que hacerlo al revés. Probamos primero los canoli, un postre muy rico y contundente -ya en la historia del cine, porque con ellos envenena Connie a Altobello en el Padrino III- y luego, el arancino -una bolas rellenas de arroz y cosas variadas
El final del día se puede contar rápido. Como era tarde, cosa que el perspicaz lector habrá notado ya varias veces, fuimos a San Vito di Capo, una bonita playa de arena en un paraje espectacular. No eran horas de bañarse al sol ni en el mar así que nos volvimos a Palermo, tuvimos nuestro encuentro con la procesión de Castellammare, pero pudimos cenar bien -a las diez y media!- en plaza Bellini. En una alarde de osadía, Jorge pidió fettucini... Carbonara; Juan, una pizza ahogada en rúcula, Betty una pizza que estaba buena, salvo por las anchoas y yo, Orata alla griglia, que viene a ser dorada a la plancha.















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