Después, hemos ido a Noto, una ciudad curiosa: la destruyó casi por completo el terremoto de 1693, de modo que la rehicieron los borbones. Luego en el 1990 otro terremoto volvió a destruir el techo de la catedral, y también lo reconstruyeron, son unos ciudadanos insistente, desde luego. Es una pequeña ciudad barroca con calles trazadas a cordel y un buen número de iglesias de espectaculares fachadas -nada decimos de los interiores porque se aprecian los inicios de la conocida fatiga del turista-. Cuando dejamos el coche bajo los árboles, un amable paisano con pinta de haberse fumado algo nos indicó de Modo enérgico que si no queríamos tener problemas, pagásemos tres euros. Como no vio que le entendiéramos del todo la amenaza, nos lo repitió en lo que él creía que era inglés y en realidad era una jerga extraña! Mezcla de inglés, italiano y francés. Nos quedó muy claro y pagamos los tres euros. Comimos en el sitio que nos indicó la guía y bueno: la pasta era buena, aunque las salsas sólo a medias y el vino, blanco, de la región francamente pobre (infinitamente lejos del Albariño o el Ribeiro).
NOTO desde la carretera
Un entierro, pero no nos invitaron. Mejor. Con el tema de los muertos, era raro que no viéramos por lo menos uno. Por cierto, me sorprendió que el pobre no tenía a nadie para esperarle, bueno, a lo mejor estaban todos dentro para no morir de calor.
Después de una buena comida, qué mejor que una buena playa. Decidimos seguir el consejo que nos había dado nuestra amiga Ágatha, mientras intentábamos recobrar el aliento en la subida al Etna: nos fuimos a la playa de Calamosche, en el parque natural de Vendicari. También tuvimos que pagar por aparcar - otros tres euros- aunque esta vez de buenos modos. Agarramos la toalla y para allá nos fuimos. La entrada al parque natural quedaba un poco lejos, y tanto, pero seguimos adelante. La vereda daba vueltas, subía y bajaba suavemente, nos cruzábamos con gente que venía con bañadores y demás aperos de playa, pero el mar, el tan ansiado mar para quien camina bajo un sol castellano y sin sombra, no aparecía por ningún lado. Más de veinte minutos estuvimos andando. La playa, ciertamente, no nos decepcionó. Había bastante gente, pero ningún turista, y espacio suficiente para todos, aunque la cala era pequeña. El agua nada fría, muy limpia y más salada aún que la de Cefalú. Cada vez más uno piensa en el Mar Muerto.
Playa de Calamosche, Venditara
Hoy Pedro nos mosqueó mucho: se metió en la tienda de todo a cien que hay debajo de casa y compró un tarrito. Le preguntamos catorce veces, pero seguimos sin saber para que quería el dichoso bote. Al llegar a la playa, averiguamos que era para recoger arena; pero se le olvidó el tarro en el coche y con lo lejos que estaba el parking, pues no fue a por el. A Juan se le ocurrió usar la bolsa y a pesar de amenazas, aguadillas y forcejeos, no conseguimos saber para qué o quién es la famosa arena.
En el retorno a casa, Juan va contento, porque conduce, y puede jugar con el cruiser del coche y escandalizarse de la enésima burrada de los italianos. La autopista, que era, para qué engañarnos, una mierda, supuestamente era de peaje, pero no cobraban. Para compensar un poco tanto exceso, hemos cenado en casa: tomate, mozarella di buffala y speck ( jamón serrano, pero ahumado y con pimienta).
Hoy no tenemos canción para la banda sonora del viaje: la radio es un coñazo y apenas ponen canciones más que las tres que ya hemos incluido, vamos, como KissFM o cualquiera, que repiten las mismas durante una semana. Normalmente escuchamos R101FM, "the good Music" dice el tío con un acento horrible. Los italianos tienen en general casi peor acento que nosotros.
Hasta mañana, último día en Sicilia. Snif snif, qué bien se está de vacaciones...






















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